Dices que de que sirve amar si no puedes abrazar, acariciar, coger de la mano a quien quieres y tal vez besarla.
Sencillo sigue amando y se te compensará.
En un invierno en el cual el frío, la soledad y la distancia nos separa, donde no solo bastan los te quiero, sino también el tiempo, el respeto, la paciencia…
Valoraré cada una de tus palabras, tus caricias, tu cariño incondicional.
Amo a esa mujer con toda mi fuerza, deseo compartir todo mi tiempo a su lado, pues es ella, quien invade mi mente, mi espacio, solo necesito que me quiera con la misma pasión con la que yo la amo.
Cada mañana despierto con su voz susurrándome al oído, o esa es la sensación que tengo, la primera imagen, el primer pensamiento es ella.
No consigo comprender porque las letras de mi agenda se mueven formando su nombre, el de mi dulce Flor; mi subconsciente la llama a gritos, no consigo controlarlo, no puedo.
Aquel día en que la conocí, lo recuerdo perfectamente; era un viernes, hacía un sol impresionante, no ha vuelto a ser así desde entonces; vi en la lejanía a una hermosa mujer de estatura media, con un vestido azul turquesa largo, con pedrería puesta perfectamente dándole un toque brillante y vistoso; también recuerdo que su pelo se movía al mismo tiempo que la brisa suave que transcurría en ese momento.
Su piel morena con un toque dorado brillaba como si las estrellas la hubieran tragado y escupido encima, su pelo ondulado y un tanto alborotado, pero que la hacía resaltar sus pómulos enrojecidos.
Sus ojos café oscuros, pero hermosos como ninguno, su bella sonrisa destacaba sobre todo, pues es lo que me enamoro y tal vez me enloqueció. Supe desde ese mismo instante que me había enamorado, pues una sensación de maripositas revoloteaban recorrían mi estomago con intención de escapar.
Como explicar lo que siento por ella, déjame unos momentos para pensarlo, pues simplemente al susurrar su nombre en mi cabeza el corazón late más fuerte de lo normal.
Aquella tarde en que la conocí, cuando se fue acercando suavemente hacia mí con su sonrisa y aquellos ojitos brillando con una picardía encantadora.
De su boca salieron unas palabras normales pero que me sorprendieron, pues no esperaba que ella me hablase, dijo:
-Hola buenas tardes, me gustaría saber donde se encuentra la panadería.
En tartamudo, en blanco porque aquella belleza resplandeciente ante mis ojos que me dejaba inmóvil, con dificultad conteste.
-Si… En la próxima calle a la derecha.
-Gracias, encantada Flor, ¿y tú te llamas?
-Yo… Me llamo… Esteban. – Balbucee.
En ese mismo instante vi una mirada llena de ternura que me invadió de felicidad.
Después no la volví a ver pasado 4 días, casi eternos por cierto.
La segunda vez que la vi, me contó parte de su vida; que acababa de llegar al pueblo, que venía de familia con medios, que le encantan los tulipanes y el olor de las moras, que quería estudiar medicina, y por último después de un silencio breve, dijo:
-Me pareces muy lindo, y espero volver a tener la oportunidad de volver hablar contigo.
Sorprendido por sus palabras, comprendí que había surgido como magia una amistad fuerte y llena de cariño por ambos.
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Hoy de nuevo el cielo gris en este perdido y encantador pueblo, pero me había dado cuenta que cada vez que aparecía Flor el cielo se despeja, los pájaros cantan, parecía que ella traía felicidad y paz por donde pasaba. Aquella mujer de pelo ondulado me
alegraba el día; pasaba el tiempo, y caí en cuenta de que siempre nos veíamos en el mismo lugar y a la misma hora.
En una de esas tardes, ella con duda y miedo me pregunto:
-¿Tú me quieres?
Quería decirle todo lo que sentía por ella desde el primer momento en que la vi, pero no fui capaz, por ello conteste:
-Claro que te quiero mi dulce Flor, y espero hacerte feliz como te mereces.
Fue allí cuando empezó una relación conocida como “noviazgo”.
Lo sé, lo sé, el amor es de cobardes, de débiles o eso dicen mis compañeros, pero yo siento la gran necesidad de amarla, cuidarla, protegerla de cualquier mal, ser su día, su noche, su medicina, su refugio, lo quiero ser todo para esa mujer que me ha robado el corazón.
Sí, soy un cobarde, cobarde por querer amar, por querer desarrollar ese don en su mayor esplendor. Te amo mi dulce Flor.
Hoy de nuevo el cielo gris en este perdido y encantador pueblo, pero me había dado cuenta que cada vez que aparecía Flor el cielo se despeja, los pájaros cantan, parecía que ella traía felicidad y paz por donde pasaba. Aquella mujer de pelo ondulado me
alegraba el día; pasaba el tiempo, y caí en cuenta de que siempre nos veíamos en el mismo lugar y a la misma hora.
En una de esas tardes, ella con duda y miedo me pregunto:
-¿Tú me quieres?
Quería decirle todo lo que sentía por ella desde el primer momento en que la vi, pero no fui capaz, por ello conteste:
-Claro que te quiero mi dulce Flor, y espero hacerte feliz como te mereces.
Fue allí cuando empezó una relación conocida como “noviazgo”.
Lo sé, lo sé, el amor es de cobardes, de débiles o eso dicen mis compañeros, pero yo siento la gran necesidad de amarla, cuidarla, protegerla de cualquier mal, ser su día, su noche, su medicina, su refugio, lo quiero ser todo para esa mujer que me ha robado el corazón.
Sí, soy un cobarde, cobarde por querer amar, por querer desarrollar ese don en su mayor esplendor. Te amo mi dulce Flor.

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